En el Priorat, el invierno no es silencio.
Es decisión.
Estos días el viñedo está desnudo, aparentemente quieto, pero es ahora cuando se toman algunas de las decisiones más importantes del año: la poda. Un gesto ancestral que define el equilibrio de la cepa, la cantidad de uva que dará y, en gran medida, el carácter del vino que nacerá.
Podar no es cortar por cortar.
Es leer la planta, entender su vigor, respetar su edad y su historia. Cada cepa es distinta, especialmente en un territorio como el Priorat, donde la llicorella impone esfuerzo, donde el agua es escasa y donde cada brote cuenta. Aquí la poda busca equilibrio y supervivencia, no abundancia.

Durante estas semanas, los viñedos se llenan de manos expertas que trabajan despacio, con frío, observando cada sarmiento antes de decidir qué se queda y qué se va. Se reduce carga para proteger la planta, se orienta su crecimiento futuro y se prepara el viñedo para resistir los meses duros que vendrán.
La poda también es un acto de respeto al paisaje. En cepas viejas, muchas con décadas de historia, el corte es casi quirúrgico. Se busca alargar la vida de la planta, evitar enfermedades de madera y mantener esa relación íntima entre suelo, cepa y clima que define nuestros vinos.
Mientras el visitante ve un viñedo dormido, en realidad el Priorat está escribiendo su próxima añada. Todavía no hay brotes, ni flores, ni uvas… pero el vino empieza aquí, ahora, en pleno invierno.
Porque en esta tierra, cada corte es una promesa.

